jueves, 16 de enero de 2014

Mierda' garitos

Ahora que estamos entrando en el ecuador de la época de exámenes empiezo a notar que mi cerebro está más atorado que mi mesa llena de latas de energética. Sé que todo esto pasará de manera más o menos gratificante o triunfal pero, entre tanto, mi culo está deseando despegarse de la silla de una vez. Joder, el word 2000 me subraya culo como falta ortográfica, si supiera a lo que ha llegado la RAE... Sigamos. De esta forma, pensando en todo menos en los papeles que tengo sobre la mesa, me doy cuenta de algo que no echo de menos. Los bares. Que no salir, los bares.

Me acuerdo de un día en un bar discotequero de Logroño, de esos que no hay apenas, en una noche que tiraba más a la raspada que al regocijo, que se me ocurrió ir al baño. Con el abrigo haciéndome del sobaco del codo una sauna, debido al uso de mi brazo como perchero, me dispuse a buscar la entrada a los lavabos. En una odisea que me costo sangre, sudor, mucho sudor, y alguna que otra lagrimilla de esas de sueño que entran con el calorcito humano del bar, llegué hasta el baño. Era el de tíos. Era un garito de estos modernos que les sale de las pelotas poner los baños separados por si la mancebía se hace fuerte. En este contexto me dirigí hacia donde cristo perdió el alparce de salir de marcheta, al lado contrario del tugurio. Tras pasar a unos cuentos hipsters barbudos nivel rabino y tras olerme los sobacos de medio Logroño, unos cuantos pedos y alientacos, por fin llegué. Después de eso me fui. Eché de menos esa época en que era legal fumar dentro para poder disimular tal putrefacción. Cuento las veces que me he salido de un bar al denotar el cuarto tipo de olor de pedo distinto. Un día de estos me cojo un pasmo o empiezo a fumar.

Podréis estar o no de acuerdo con esta vista optimista de cualquier garito hacia las 4 a.m. pero no por ello he tenido que exagerar o inventar. Lo que pasa es que para sobrevivir a tal mogollón de cuerpos a media cocción hay que llevar un nivel etílico, no considerable, pero si básico, mínimo, ¡algo! Lo suficiente como para perder la vergüenza y echarse unos bailes. También está el rollo de que te dé igual como bailan los demás, si bailan. La naturaleza española creo que impide este aspecto, por lo menos en los varones. Pero casi se prefiere que se abstengan de mover algo más que un pie y el cuello a que bailen salsa. Siento informar de que no soy la única que cree que un tío bailando salsa parece gay. Además hay gente que incluso se pone nerviosa. Una buena amiga mía definió este aspecto con una precisión bastante loable cuando la oí gritar en medio del bar: “¡Odio la salsa, me pone nerviosa porque es un paso así, así como que no avanzas!”. O al menos algo así oí y me reí bastante.

Respecto al alcohol, sabes que te has pasado cuando lo petas con la macarena. O no... A veces me asusta el efecto motivante que tiene esa canción como para hacernos a todos bailar como gilipollas al unísono.

De todas formas, para qué vamos a engañar. Nos vemos allí.


No hay comentarios:

Publicar un comentario