Ya empezaba a encapotarse el cielo cuando esperaba
paciente a que llegara el bus con destino a Burgos. El día anterior había ido
en manga corta hasta la estación para volver a Logroño, hoy, tras unas
gestiones, me tocaba volver a Burgos y todo parecía prepararse para ello. El
mercurio ya bajaba de los 10º y aún no había empezado a anochecer.
Por puro aburrimiento me puse a
leer el billete. Papel cutre parecido a un ticket de compra del super. Una
posición superior a la de la hora y a la del número de asiento a
la que no iba a hacer caso estaba indicado el tipo de trayecto. Trayecto
autopista. Me hizo gracia, ya que este tipo de billete significa que va a parar
por todos los malditos pueblos de la carretera nacional hasta Burgos.
Hay otro tipo de trayecto que es
el “trayecto carretera”. No me imagino por qué tipo de vías transcurre ese
autobús porque ya lo he probado. Va por una calzada cuyos márgenes van
disminuyendo según se recorren los kilómetros. Finalmente desemboca al lado de
un Club para reincorporarse al trayecto “autopista”. Con esa descripción esa
desembocadura podría localizarse en cualquier punto del trayecto, pero es
indiferente dónde se desarrolle ese punto si de todas formas el autobús va a
tardar dos horas en llegar. Vacío, lleno, llueva o nieve.
Una vez dentro del bus no queda
otra que salirse del mismo. Mentalmente. Si te quedas dentro corres el riesgo
de quedar hipnotizado con el tembleque de un moco pegado en el respaldo
delantero o volverte loco buscando donde empieza la trama decorativa de los
asientos. Y de nada sirve llevar un libro si a mitad de viaje (o antes) se
montan un par, grupo o manada de mongolos que no callan durante la duración del mismo.
Que ojalá un día pegue un frenazo el borreguero y se les quede pegado el
maldito moco en la frente.
Y un minuto, media hora, y otra.
Y tus rodillas pegando con el asiento de enfrente.
Coge velocidad, se para.
Empieza a subir la altitud y veo
como unos copazos se iluminan bajo las farolas. Y yo con una chaquetilla.
Llegando a la capital burgalesa
el cielo está despejado. Las estrellas se ven claras. Si supiera identificar
las constelaciones y todos esos elementos tan inmensos habría pasado un rato
entretenido. Aunque, de todos modos, mirarlas se antoja relajante. Pero esto
duró poco. Las estrellas se fueron difuminando según la contaminación lumínica
hacía su efecto.
Ya habíamos llegado.
Y como siempre, día, noche, llueva o nieve, fui andando hasta casa.
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